La factura emocional

Vicente Francisco Lorenzo, artista fallero y periodista, narra cómo está siendo la angustia emocional que viven cada día al no poder trabajar.

Bloqueo. Es la palabra que define la situación que vivimos los artistas falleros. Bloqueo físico y mental.
Después de la paralización socioeconómica en que nos sumió la pandemia, meses después, el engranaje de la vida volvía a engordarse.

La Fiesta de las Fallas, sin embargo, todavía hoy continúa en el congelador. Los casales, cerrados. Falleras y falleros, tristes, resignados, esperan decisiones políticas. Y nosotros tenemos los talleres llenos y la cabeza confundida.

Las fallas, trabajos artísticos y artesanos concebidos y construidos para mostrarse de manera efímera en las calles y terminar devorados por el fuego en la añorada noche de la cremà, llevan trece meses almacenadas. Una gran cantidad de ellas, en los propios talleres, los cuales presentan un ambiente fantasmagórico, gélido, como víctimas de la peor maldición.

Ha vuelto a caducar otro mes de marzo, pero el reloj dentro de los talleres parece continuar parado. Queremos mirar hacia el futuro, pero no podemos. Las fallas, plastificadas, inertes, descontextualitzades, forman un tapón que bloquea el avance de nuestro oficio. Más allá de que no sabemos si las estructuras y los materiales estarán en buenas condiciones, su existencia física impide que la rueda avance. Que empiece un nuevo ciclo.

Los artistas falleros somos creadores. Pero nuestras creaciones precisan de un ritual previo de “desaparición”. Nos expresamos mediante las fallas. Son mucho más que un trabajo. En cada muñeco que moldeamos o pintamos, nos dejamos un trocito de nosotros. Una ilusión. Un dolor de cabeza. Un día festivo hurtado a nuestra familia. Queda, en cada pieza, el orgullo de mejorar cada día. Cada año. Y este proceso está frenado. En seco. Como degollado por la guadaña del destino.

Suelto el boli. Tengo un nudo a la la estómago. Casi de continuo. No sabemos si hoy la persiana bajará para no volver a subir. La persiana de nuestro segundo hogar. La persiana de nuestro lugar en el mundo. Y me pregunto: la factura emocional de un día a día de esta angustia vital… ¿Esa quién la paga?

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