No sin nosotras

Carolina de Mingo López es asesora jurídica de la Fundación Patim y reflexiona sobre el 25-N

Que a las mujeres se nos mata y maltrata por el mero hecho de ser mujeres es una realidad indiscutible que nos golpea en la cara con cada asesinato, con cada violación o con cada trato vejatorio que sufre cualquiera de nosotras.

Hoy, haciendo balance de cómo nos está yendo como mujeres en esta sociedad líquida, postmodernista y con un sentido mermado de comunidad me encuentro con que se nos han olvidado los tres componentes del sexismo. El cognitivo, es decir, la consideración de que las diferencias sociales de género van ligadas al sexo. El valorativo, aquél que jerárquicamente valora como superior lo masculino frente a lo femenino. Y el conductual, que es la expresión de lo anterior y se simplifica en discriminación y violencia.

Y en este transitar por lo social, observo cómo se gestan acciones paliativas para esta lacra de violencia en la que nos hemos convertido. Se legisla sin rumbo en pro de las víctimas, se las protege y desprotege al mismo tiempo, se mezclan conceptos y no se garantizan acciones reales que consigan que las cifras de la violencia de género bajen significativamente. Es decir, nos centramos en la mayoría de los casos en la expresión de la violencia y no abordamos los componentes previos para prevenirla.

Nos hacen creer de manera errónea que la violencia es algo inherente a la cualidad humana y que es inevitable en el desarrollo de nuestra especie. Toleramos y normalizamos la violencia de forma equivocada, llegándola a justificar en algunos casos como la única forma de resolver determinadas situaciones.

La realidad es que la agresividad (traducida como enfado, rabia e ira) es una señal de alerta de nuestro organismo para adaptarse a una situación y protegernos. Mientras que la violencia es algo cultural y es aprendida. Por nuestras manos pasa la decisión de convertir ese instinto agresivo de protección en un acto violento.

Vivimos en una sociedad con unos ejes culturales perpetuados por agentes socializadores de la masculinidad, derivados de factores históricos, sociales y culturales pero no es un compartimento estanco, debemos cambiarlo y es obligación de todas las personas hacerlo, por lo que tenemos que aprender a poner y a ponernos límites.

Tenemos un problema social y cultural de violencia. Y debemos reflexionar sobre él.

A través del proceso de socialización aprendemos quiénes somos y cómo debemos comportarnos. Este proceso está diferenciado para hombres y mujeres, transmitiendo ideas, creencias, actitudes y valores diferentes para cada uno de los sexos.

Aprendemos quiénes somos y cómo debemos ser interiorizándolo a través de nuestra educación con ideas, creencias, mitos, valores y actitudes que son distintas para los hombres y para las mujeres. Son lo que llamamos estereotipos de género, es decir, ideas o creencias que simplifican la riqueza de la realidad y que nos llevan a pensar que todas las personas de un grupo participan de unas mismas características y que se comportan de la misma manera.

Estos estereotipos de género son transmitidos y perpetuados a través de los agentes socializadores. El lenguaje, la publicidad, los medios de comunicación, las religiones, la familia, el cine, la música, la literatura…

Y no los estamos revisando correctamente. Todavía dejamos que muchos campen a sus anchas sin ostentar ningún tipo de responsabilidad social y vital a pesar del impacto que tienen en la educación de las personas.

El recorrido de la discriminación hacia la desigualdad empieza en el estereotipo, el cual nos va a llevar a una carga valorativa negativa y va a hacer que tengamos una actitud excluyente y discriminatoria que propiciará la desigualdad. Una vez llegado ahí se generará un trato desigual (sexismo y machismo) que culminará con el menosprecio, el acoso y la violencia.

Entonces ¿no sería recomendable invertir en acciones que erradiquen esa absurda concepción de estereotipo de género? ¿No sería propicio impulsar el uso de “buenas prácticas” a determinados agentes socializadores como, por ejemplo, los medios de comunicación, el cine, la literatura o la música?

El artículo 25.2 de nuestra Constitución reza así: “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social […]”. En un Estado de Derecho como el nuestro en el que la gran mayoría de personas que cometan delitos van a volver a vivir en sociedad es imprescindible que pasen por acciones reeducativas que les hagan obtener conciencia de delito. Esa es la única manera de prevenir la reincidencia.

Porque… no nos engañemos, la mayoría de hombres condenados por violencia de género no saben que sus acciones son delito. No son conscientes de la magnitud de sus actos. Los minimizan y vanalizan hasta el punto de definirlos como “discusiones entre adultos”. No se dan cuenta de los otros dos componentes del sexismo, el cognitivo y el valorativo. Se centran solo en la expresión de la violencia y quieren descargarla del componente machista alegando pasiones y romanticismos.

Permitirlo es un fallo social. Por que permitir ese ciclo vital en los escalafones menos visibles de la violencia de género implica garantizar la reincidencia. Y eso supone un bucle infinito que nos arrastrará por el tiempo.

Si un hombre actúa sin saber que está cometiendo una conducta nociva para una mujer y su pena es simplemente punitiva (orden de alejamiento y pena de trabajos en beneficio de la comunidad haciendo

tareas de mantenimiento en una entidad social, por ejemplo), cuando vuelva a relacionarse con otra mujer, sus patrones y dinámicas de conducta no habrán cambiado, por tanto, existe un elevado porcentaje de que vuelvan a ocurrir hechos similares a los que le llevaron a ser condenado por violencia de género.

Hoy día existen pocos programas, con pocas dotaciones humanas y económicas orientados a esta reeducación. Pero existen. Tenemos los programas específicos para cumplimiento dentro de prisión, como son los de intervención en conductas violencias o el PRIA. Y para las penas que se cumplen fuera de prisión tenemos el Taller Regenerar para penados por violencia de género a máximo 90 jornadas a trabajos de beneficio de la comunidad.

Lo que ocurre es que me da la sensación de que a las mujeres nos están dejando, otra vez, fuera de la ecuación.

La solución pasa, de nuevo, por el hombre. Por reeducarlo, por socializarlo con valores aptos para una relaciones sanas e igualitarias. Como si nosotras no estuviéramos presentes, como si no formásemos parte. Se vuelve a infantilizar a la figura femenina.

Los agentes socializadores que perpetúan los estereotipos de género nos afectan a nosotras también. Muchas de nosotras tampoco entendemos que hay actos que nos llevan a la desigualdad, a la desprotección social y vital. Muchas mujeres aún piensan que violencia de género es igual a palizas y asesinatos y que lo demás son cosas de pareja.

Por eso es importante reflexionar sobre la violencia desde todos los estamentos sociales y formar parte de ese proceso reeducativo en pro de las personas, haciendo hincapié en aquellas que ejercen la violencia pero sin olvidarnos de las que la sufren. Para que sepan identificar situaciones y patrones. Para que aprendan a poner límites. Para que aprendamos a decir BASTA o para que ni siquiera tengamos que decirlo porque ya nos hayamos ido.

Pero también para que no seamos nosotras las que exijamos una masculinidad tóxica en la pareja, para que no busquemos al malote del insti porque es un reto cambiarle. Para que entendamos que una vida tranquila y sin disputas no está reñida con la pasión. Porque el amor no son los celos patológicos. Porque el amor no daña.

Desde este pequeño espacio reinvindico, como ciudadana, más dotaciones humanas y económicas que se traduzcan en acciones de reeducación social, global y colectiva con independencia del género en el cual se identifique la persona.

Pero no sin nosotras.

Nunca sin nosotras.

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