Redondo y Koselleck, las cosas viejas

La opinión de Enric Nondedéu

Me guardaré bastante de intentar polemizar con Ivan Redondo. Yo soy consciente de mis limitaciones intelectuales y de mis lagunas formativas. A diferencia de él. Así que esta opinión que me siento ahora a redactar se tendría que entender como una consecuencia de su artículo reciente, de título, “‘Sattelzeit’ o por qué el laborismo es lo nuevo”, no como un intento de rebatirlo.

Redondo, que pasa por ser el jefe pensante del socialismo actual, cuando menos hasta que quiso ser más jefe que pensante, explica por qué razón el laborismo es ahora mismo el espacio que ocupa la centralidad política (no confundir con la centralidad ideológica), y lo hace acudiendo a una citación culta, el Sattelzeit, de Koselleck. No sé si el hecho de asociarlo a su profesor de historia al bachillerato, es una debilidad argumental, o un intento generoso de huir de la pedantería y ofrecer su sapiencia a los mortales, que en general, cuando menos, el bachiller si que lo hemos acabado.

El problema es que Koselleck podría estar ya superado. Su noción de Sattelzeit (periodo de profunda mutación conceptual, entre el 1750 y el 1850, que supuestamente establecería las grandes coordenadas políticas, sociales e intelectuales de la modernidad) tiene, según Elías Palti, algunos errores de magnitud importante. Como algunas incoherencias derivadas de cierta confusión entre las nociones ochocentista y novecentista de progreso y de evolución.

Elías Palti, con un largo historial de publicaciones accesibles en el Google Académico, que tendría que validar el Dr. Sirera, considera que el historiador alemán utiliza como herramientas heurísticas fundamentales, aquello que en realidad son solo categorías de radicalidad historicista.

Y encuentro que tiene razón, por eso creo que Redondo apuntalando su opinión en la historia, parece querer clonar el pasado, en lugar de proyectarse hacia el futuro. Y la política, o como poco el pensamiento político, tendría que mirar la historia por el retrovisor, mientras mira adelante y avanza.

El laborismo que reivindica Redondo surge a mediados de siglo XIX cuando las Trade Uniones británicas se consolidaron como movimiento social. Primero solo como grupo de presión, más tarde, como actor político. A diferencia de la SPD alemán que dirige a los sindicatos, el Partido Laborista británico, es dependiente del movimiento sindical.

En casa nuestra, sin embargo, los cambios más o menos exitosos, más o menos definitivos que se han producido en el tablero de los partidos políticos, resto pendiente en el sindical. Los grandes sindicatos españoles tienen pendiente su perestroika, su modernización, su actualización. Por lo tanto, pretender que la fuerza transformadora de la sociedad sea la correa de transmisión de ese sindicalismo, es anclarnos en el pasado. Y sobre todo, pretender que el mundo del trabajo sea el eje fundamental de la política, porque se lo considera eje fundamental de nuestras vidas. Más que un concepto caduco y viejo, es ya directamente reaccionario.

Ahora mismo, la vanguardia política, el pensamiento progresista, tiene que poner en el centro de nuestras vidas el bienestar, la felicidad, el tiempo libre. La mejora de la productividad, los nuevos usos del tiempo, las nuevas costumbres de consumo, una nueva cultura de la sostenibilidad económica, social, medioambiental…

Esto es lo que resulta nuevo. Cómo tiene que ser “lo nuevo” el laborismo? ¡Cómo se puede pretender que el trabajo sea el centro de nuestras vidas! ¿No hemos aprendido nada?

Redondo, se quiere el pope de la socialdemocracia actual, pero actúa como el Papa del pasado. Cuando él habla de “lo nuevo”, a mí me viene a la cabeza “Rerum novarum”, que ya quiere decir muy bien esto, aquella encíclica de 1891 (no muy después del Sattelzeit), dictada por León XIII, y que pretendía establecer el sentido correcto de la vida del hombre (la persona) al mundo, y más concretamente el verdadero sentido del trabajo. La ocasión inmediata del documento papal fue la política y las propuestas socialistas, a quienes rebatía la vocación de cambio. Estamos donde estábamos. Y no me parece una buena idea.

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