Virus y ‘antivirus’, un miedo latente

La opinión de Janeth Ibargüen, psicóloga cognitivo-conductual y docente

Estaba sentada tranquilamente en el sofá de mi salón, con mi pijama azul marino, con mis calcetines de colores, bebiéndome una infusión de pasiflora y pensando en cómo comenzar a escribir este artículo. En esas, me llama mi amiga Ana, que es médica de urgencias. Ella, sin hacer gala de sus acostumbrados nervios de acero, que además le son bastante útiles para ejercer su profesión, me dice, presa del pánico, sin saludarme siquiera: “¡he sido víctima de un virus informático! de una especie de encriptamiento o secuestro de datos”.

Así es; el sistema operativo de su ordenador, estaba infectado; ha ocurrido con el simple gesto de abrir un correo electrónico.  Y pensar que nada más el día anterior, estuvimos hablando de que el ayuntamiento de Castellón, había sufrido también un ataque similar. Claro está, con la diferencia sustancial de que una institución que tenga inoperativas todas sus herramientas de tramitación online, su sede electrónica, el portal tributario, la página web, el sistema informático interno etc. no se compara con lo que le estaba ocurriendo a Ana. Para mi, era como si el ayuntamiento fuera un paciente infectado por la COVID-19 con patologías previas y el de mi amiga como el organismo de una persona joven. Aunque ella no estuvo muy de acuerdo con ese símil.

Para quitarle un poco de hierro a lo que estaba sintiendo mi amiga y sabiendo que lo suyo es el lenguaje médico, empecé a hacerle un juego de palabras buscando similitudes entre los dos virus. (El virus informático y el Coronavirus) Y encontré unas cuantas… 

Por ejemplo, la infección se puede producir de manera aparentemente inofensiva a través de secreciones presentes en pequeñísimas gotas de saliva o en el aire, sin que el nuevo huésped se dé cuenta de su entrada. Y un virus informático utiliza medios parecidos, basta, un email, que digites un código determinado, que abras un archivo o uses una USB.

Otra similitud es que el virus informático puede generar daños leves o inutilizar completamente un ordenador o una organización.  “Al igual que los que afectan a los seres humanos, los peores virus informáticos son aquellos que permanecen ocultos o sin síntomas para utilizar un término médico. Antes de manifestarse, se multiplican silenciosamente hasta que las multitudinarias copias, enmascaradamente, afectan a partes esenciales del huésped”.

Y si hablamos de la vacuna, que en el lenguaje tecnológico diríamos “el antivirus”, encontramos más de lo mismo, una gran cantidad de profesionales trabajando contrarreloj para evitar su propagación.

Todos los expertos coinciden en que la prevención, sea cual sea el terreno en que nos movamos, es esencial para evitar contagios masivos; es decir, seguir las normas básicas de seguridad que nos han repetido hasta el cansancio.

Tal cual como lo dice la organización policial criminal más grande del mundo (INTERPOL), se mezclan los dos virus  “Los ciberdelincuentes están creando nuevos ataques e intensificando su ejecución a un ritmo alarmante, aprovechándose del miedo y la incertidumbre provocados por la inestabilidad de la situación socioeconómica generada por la COVID-19” Aprovechan el incremento del uso de internet y la falta de atención debido a la baja activación de las estrategias de alerta de la población.

De forma optimista dice el refrán “Todos los problemas tienen solución”. ¿Qué ocurre cuando baja la marea? Tenemos vacuna, antivirus más potentes, aparentemente hemos recobrado la seguridad, incluso el reloj hace tic, tac, contando ya los últimos instantes para decretar el punto final del Estado de Alarma. ¿Y ahora qué? Buena pregunta…

Llevándolo a mi terreno, voy a dar una respuesta psicológica a lo que nos ocurre. La crisis que estamos viviendo podríamos asemejarla a las famosas etapas del duelo. En esa primera fase, negábamos que esto estuviera ocurriendo, incluso minimizábamos la situación. “Esto es como una gripe, no tiene porque ocurrirme, eso sucede por descuido…” Luego entramos en la fase de la ira, la desesperanza, la locura del encierro, culpamos a los chinos, a los inconscientes… y luego empezamos la fase que tanto advertimos los psicólogos, la de los graves efectos en la salud mental

La prevalencia de la depresión es tres veces superior a lo que era antes, cuatro veces superior en el caso de la ansiedad, cinco veces superior en el caso del estrés postraumático. Hay una prevalencia de insomnio y de malestar psicológico en las poblaciones afectadas. Esto se debe al miedo sostenido en el tiempo, a la incertidumbre, a las medidas de contención; además la pandemia está asociada a la falta de control sobre lo que ocurre; la pérdida del empleo, incertidumbre sobre el futuro.

Es que… motivos no nos faltan. Aun no estamos bien, pero, conocemos mucho más al virus y la sintomatología de los pacientes, tenemos más claras las medidas para protegernos. Ya tenemos vacuna, aunque siendo realistas, falta mucho para llegar a la ansiada inmunidad de rebaño.

Estamos justo en un punto de inflexión. Aquí podemos decidir como concluimos las etapas de este duelo. Este evento nos ha cambiado la vida… Es el momento de sacar a relucir una habilidad que todos poseemos y que incluso salva vidas. Hablo de la resiliencia; de esa capacidad de sobreponernos a las circunstancias adversas y salir aun más fuertes. Ahora la cuestión es de actitud.

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