Blanco, corazón de papel

La opinión de Vicente Cornelles, periodista y escritor. Hoy el homenaje a "la paraeta" de la calle Tenerías

Huyo del axioma cartesiano de “solo sé que no se nada” y del sartriano libro de Lajos Zilahy ‘El alma se apaga’. Me arrimo al aforismo cervantino de lo que “se sabe sentir, se sabe decir”. Sí, y siento que, por mor de los tiempos se pierden valores, esencias incrustadas en el corazón (blanco de papel) y memorias que se quieren olvidar. Mis líneas de hoy son un tributo al pequeño comercio, al laborar como virtud y al entrañable paisaje y paisanaje.

Fueron los años bonitos. Juan, educado y ceremonioso, entregaba los periódicos de tirada nacional del día a primera hora de la mañana en la redacción de Mediterráneo, todavía vacía (los periodistas siempre tuvimos la ventaja de no madrugar, aunque después las horas se hacían eternas en jornadas que se prolongaban hasta la alborada, con algún whisky incluido).

Cuando él nació, las instalaciones de Mediterráneo ya estaban allí, en la avenida del Mar -modernas para la época, grandilocuentes, sancta santorum de la información en la ciudad turquesa y naranja-, como existía ya la Papelería Blanco, la que había forjado su padre en 1970, Anastasio, por lo que su infancia transcurrió en una calle Tenerías, ‘antic carrer de les Adoberies’, populosa, variopinta y de barrio.

Un universo de vecinos con señas de identidad propias en sus quehaceres cadenciosos, tribales y domésticos. Y del rotativo evoca sus legendarios héroes de sus letras impresas, como los directores, “Jaime Nos, don Jaime, José María Marcelo, José Luis Torró, Javier Andrés…”, y de los informadores de calle, “Eduardo Más, Manolo Vellón, Paco Pascual, que conocía a mi padre…”, y el ruido de las revolucionadas máquinas de impresión por las noches de invierno y verano, “cuando los trabajadores salían a la calle para refrescarse y beber agua del botijo”. “Y nadie se quejaba de ello”, matiza.

Era la ‘paraeta’, donde se aglomeraban niños del colegio Maestro Canós, adolescentes imberbes de la academia San Cristóbal y mozuelas del reciente construido Instituto Femenino, en tiempos de un tardofranquismo que escuchaba sus últimos cantos de sirena.

“Las chicas del instituto eran vergonzosas y entraban tímidamente a la papelería; la vergüenza la tenía yo que era un chico de 15 años, y que me veía rodeado de chavalas”, concreta Juan, recordando como se ruborizaba detrás del mostrador, como un doncel expectante. Papelería Blanco cierra sus puertas el 14 de abril, después de 50 años pulsando el latido de un enclave urbano que bullía al socaire de gentes que iban y venían.

Periódicos, revistas, chucherías, libretas, bolígrafos, mapas, cartabones, escuadras, compases, reglas, bolsas de pipas, de cacahuetes, regalices, y los yo-yos, y las trompas de madera… eran el género triunfante de un comercio de proximidad, de una cercanía propia en la que la ciudad conocía los nombres y apellidos de cada uno de sus habitantes. “Bajo la persiana por jubilación, y es lo mejor que me podía pasar”, balbucea un Juan testigo irredento de tanta vida de escenas cotidianas. “Y es que ahora apenas tiene sentido mi negocio”, se lamenta.

Del más máximo, -cuando la calle Tenerías estaba poblada de casas de ultramarinos (hasta 4), de la panadería (Panificadora San José, la importancia de los nombres castizos), de comercios pequeños y artesanos…, pasó al menos de la nada, en un declive de ventas que comenzó con la llegada de los “hipermercados, las grandes superficies e internet”. El signo de los tiempos. La razón argumentada. El fin de una quimera. Castellón de nuevo siglo que huye del pequeño comercio equivocadamente porque es la posmodernidad.

Y hablar de la papelería (más Mediterráneo) es hacerlo del Bar Blasco, implementado en esta arteria urbana. “Un restaurante de eventos por aquellos años; íbamos todos a tomar café, a almorzar; allí hice el bautizo de mis hijos, e incluso entraba hasta la cocina”, relata Juan.

Un quiosco que era también epicentro de la quiniela, “el único juego de azar que existía entonces, con su 1, X, 2, de los sellos y tijeras, y después ya vinieron la Primitiva, el Bonoloto…” rememora diez lustros de un establecimiento que “abría todos los días de la semana, a las 7 de la mañana…”, manifiesta Juan Blanco que, siguiendo los pasos de su progenitor, Anastasio, articuló una forma de vida, un sentir, un pálpito que ahora no tiene cabida (o no se quiere que tenga) en las nuevas del comercio. Blanco era la `paraeta’ de la calle Tenerías. Es el homenaje.

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