Un año más sin fiestas, por favor

La opinión de Vicente Cornelles, periodista y escritor

No sabemos ni estamos acostumbrados a sufrir. No se si es por la genética del ‘dolce farniente’ mediterráneo que llevamos dentro, o por interiorizar placeres burgueses que nos gustan tanto, pero las ansias de vivir la fiesta nos supera.

Los ayuntamientos de la provincia van como locos buscando fechas para organizar de nuevo sus festejos populares, ‘bous al carrer’ incluidos. Con los mejores registros en la incidencia del coronavirus tanto en la Comunitat Valenciana, como en Castellón, y tras las recientes imágenes (impactantes) de los botellones para celebrar el fin del estado de alarma en Madrid, Bilbao, Salamanca…, no creo que sea prudente plantear con prisas, más de un año después, las celebraciones masivas por muchas ganas que tengamos de juerga y vivir como siempre hemos hecho (hasta la pandemia) la alegría de unas manifestaciones que nos sirven de júbilo y esparcimiento.

Y, tampoco es hora de festivales, lo siento. Envidio ahora la disciplina calvinista de varios países europeos, incluido Italia, tan parecido a nosotros (la mayoría con más contagios que aquí), donde es impensable llevar a su máximo paroxismo el jolgorio de tradiciones y boatos como se pretende por estos lares.

Ni la trampa saducea de unas Fallas ‘light’, ni un 8 de septiembre ‘alternativo’ en el caso de Castelló ciudad (la alcaldesa de la capital de la Plana sigue mostrando una sensibilidad especial ante la crisis sanitaria), ni evocar la afición taurina de esta tierra, ha de servir de excusa, pretexto o coartada para lanzarse a programar actos que impliquen masificación y colapso ciudadano, y por ende, contagios a mansalva en una cuarta ola que no desea nadie.

Los presupuestos de cada una de estas festividades que se destinen a seguir concienciando a la población de extremar las medidas de seguridad, con campañas que inviten a la reflexión serena y a la protección más absoluta. El covid-19 sigue estando presente y no se ha extirpado. Es cuestión de esperar, por lo menos hasta finales del 2021.

El 2022 puede ser el año de nuestras vidas si estamos limpios de del bicho letal. Depende de nosotros. De la capacidad de ser y ejercer de prudentes ante una pandemia que nos quitó la sana diversión de pasarlo bien en la calle en los días más festivos, como solo sabemos hacerlo por estas latitudes. Y si somos pacientes, los podemos rescatar, como un viaje a Itaca en el que lo más importante es prevenir y cuidarnos.

Todavía más. Que los próximos aplausos sean por haber conseguido la inmunidad de rebaño. Un año más sin fiestas, por favor. De lo contrario, el sacrificio y las renuncias de este tiempo habrán sido en balde. Venga, no seamos malcriados.

Será un ejercicio de irresponsabilidad el continuar con este apetito voraz de anclarnos en lo menos importante, que es la fiesta, y sí la salud que nos llevará de nuevo a los fuegos artificiales de la tranquilidad y de las buenas prácticas en el devenir cotidiano.

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